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La Nueva Domus de
Livia
Martin era un hombre alto y fornido, musculoso, un poco bruto a veces. De cabello rubio paja y piel muy blanca y pecosa, mandíbula marcada, nariz recta y una sonrisa amplia y amigable. Se moría por el cuerpo tonificado y estilizado de Harry quien, a pesar de tener una musculatura definida y visible, no era excesiva. Habían cruzado la línea de compañeros de trabajo a la de amantes hacía poco más de un año.
Ocurrió una noche, no de borrachera, pero sí de haber bebido un poco más de la cuenta. No era una noche especial en ningún sentido. Solo el final de un largo día. Estaban cansados, necesitaban distraerse y olvidarse de que casi se quedan atrapados en el sótano de una casa que había empezado a arder, y a la que previamente ellos mismos habían lanzado un hechizo antiaparición. Después, habían sido reprendidos por toda la cadena de mando. Comisario de Aurores, Jefe de Aurores, Capitán de Aurores, Jefe de División —los aurores americanos estaban mucho más militarizados que sus homólogos británicos—, y todos se ensañaron particularmente con Potter. Y él había permanecido serio, callado, pero con el aire de estar pasando olímpicamente de todos ellos. Martin le admiró por eso porque, al fin y al cabo, había sido Potter quien los había sacado a los dos del atolladero, aunque tal vez, hubiera llamado un poquito la atención al hacerlo.
Cuando salieron del bar, caminaron hacia un callejón cercano, donde los aurores que frecuentaban ese local solían aparecerse para regresar a sus casas o ir al trabajo para empezar su turno. Fue un impulso. Potter le atraía desde hacía tiempo, aunque nunca se habría atrevido a insinuarse. Pero Martin iba contento. No pensaba con mucha claridad. Y Potter parecía más cercano de lo habitual. Le besó. Potter le devolvió el beso. Y acabaron follando en el loft de Potter. Después de ese día, se convirtieron en amantes ocasionales.
Y hoy era una de esas ocasiones. Salieron del ministerio cuando ya era casi de día. Martin no sabía cuál era la razón, pero Harry tenía un montón de protecciones en su loft, así que se aparecía dentro y después le abría la puerta. Era un lugar bastante impersonal. Solo había los muebles imprescindibles, los que seguramente ya estaban cuando lo alquiló. Ninguna fotografía, ningún recuerdo de su hogar, como si solo estuviera de paso. Aunque, en realidad así era, porque Harry, en algún momento, regresaría a Inglaterra.
—¿Quieres comer algo? —preguntó Harry.
—Solo café.
Harry se volvió hacia Martin y enarcó una ceja.
—¿No has bebido suficiente durante toda la noche?
Martín sonrió.
—Soy un adicto, ya lo sabes —Se acercó a Harry y le estrujó el culo—… y a esto también…
Harry sonrió y le besó. Cuando Harry estaba cansado era más cariñoso, más vulnerable. Bajaba la guardia que siempre mantenía a prudente distancia a todo el mundo. No era que fuera antipático, pero sí muy… británico. A falta de otra palabra que lo definiera mejor.
Follaron sin prisas, tomándose su tiempo. Al haber trabajado toda la noche, no tenían que volver al MACUSA hasta el día siguiente. Después, se quedaron dormidos.
El ruido le arrancó de un sueño tibio que, al principio, no sabía de dónde provenía. Después lo asoció con que alguien estaba llamando a la puerta. Somnoliento, Harry tanteó sobre la mesilla de noche hasta encontrar sus gafas y después buscó torpemente sus pantalones, maldiciendo entre dientes. Martin se movió apenas, un gesto de abandono, y volvió a hundirse en el colchón.
Ya con los pantalones puestos y la Varita en la mano, Harry bajó las escaleras que separaban el pequeño altillo de la planta baja y se dirigió hacia la puerta. Era una pesada puerta industrial de hierro, corredera, bastante difícil de tirar abajo con medios muggles. El viejo reloj de pared que ya venía con el loft marcaba las diez menos veinte de la mañana. Solo había dormido cuatro horas y no estaba del mejor humor.
Harry corrió la puerta lo suficiente para ver quién era, con la Varita todavía escondida tras ella en la otra mano. Y le reveló un rostro que no esperaba. Parpadeó un par de veces, como si pensara que todavía estaba en la cama, soñando.
—¿Me vas a dejar entrar?
Harry tardó unos segundos más en reaccionar. Pero después acabó de abrir la puerta y se apartó para que el hombre que esperaba al otro lado pudiera acceder a la vivienda.
—¿Te he despertado?
Harry se frotó la cara con las dos manos, intentando despejarse. Todavía llevaba la varita en una de ellas.
—¿Qué haces aquí, Draco?
La mirada gris recorrió con curiosidad el loft. Era un espacio abierto, diáfano. Solo el cuarto de baño era una habitación cerrada. Y desde la puerta de entrada, dónde ahora se encontraba, se podía ver perfectamente la cama que había en el altillo. Y también que había alguien en ella.
—Puedo volver en otro momento si… estás ocupado —una tensión apenas contenida se dibujó en la voz de Draco, mientras devolvía una mirada impasible a Harry.
El auror dejó escapar un suspiro que tuvo mucho de enojo contenido.
—¿Quieres un café? —preguntó. Un gesto mínimo de hospitalidad con las visitas, aunque fueran inesperadas.
Draco deslizó de nuevo su mirada hacia la cama, sin ser consciente de que lo hacía, y después asintió. Siguió a Harry hasta la zona de la cocina, separada por una barra con tres taburetes.
—¿Has desayunado? —preguntó Harry, mientras empezaba a preparar una cafetera.
—Sí, en el hotel —respondió Draco.
—¿Dónde te alojas?
—En el Four Seasons.
—¿En la parte mágica? —Draco asintió—. Está muy cerca del MACUSA.
—Sí…
Harry guardó silencio mientras terminaba de preparar la cafetera y se preguntaba, ¿por qué ahora? La cafetera dio un pequeño estertor y el negro líquido empezó a gotear dentro de la jarra. Harry se volvió y apoyó las manos sobre la barra, la Varita de Sauco abandonada descuidadamente sobre ella. Miró a Draco directamente a los ojos. Podría haberle pedido que se marchara. Podría haberle dicho que no se le había perdido nada allí. Sin embargo, le había ofrecido café. Porque ver a Draco le arañaba el corazón y, al mismo tiempo, le concedía una pequeña esperanza a la que no estaba muy dispuesto a agarrarse todavía.
—¿Qué haces aquí, Draco? —preguntó por segunda vez.
—Shacklebolt me dio tu dirección.
—Oh, Shacklebolt —suspiró Harry—… Pero no has respondido a mi pregunta —señaló después.
—A nuestro ministro le gustaría saber cuándo vas a volver —contestó, sin embargo, Draco—. El intercambio era por un año. Y han pasado más de tres.
—¿Y te manda a ti de recadero?
Ahora fue Harry quien desvió la mirada hacia la cama. Martin se había levantado y se estaba vistiendo en silencio. Draco apretó los labios al darse cuenta y bajó un poco la cabeza para que Harry no captara su malestar.
—Me ofrecí yo, en realidad.
Harry volvió a posar la mirada en Draco.
—¿Te ofreciste? —preguntó, incrédulo— ¿Desde cuándo no te escondes y sales a la calle?
Draco apretó de nuevo los labios antes de responder:
—Desde hace unos meses…
Se oyó el ruido de la puerta al abrirse y ambos miraron hacia allí. Martin había bajado con mucho sigilo la escalera, pero la puerta le traicionó. Hizo un pequeño gesto con la mano antes de cerrarla. Draco miró a Harry con una muda pregunta en sus ojos que, sin embargo, Harry respondió.
—No tienes derecho a preguntar.
El auror le dio la espalda a Draco para buscar un par de tazas en uno de los armarios, el azúcar, la leche en la nevera… tratando de hacer tiempo mientras la cafetera terminaba. Tenía el estómago hecho un nudo. Hacía más de tres años que Draco y él no tenían ningún contacto. Y ahora estaba allí, sentado al otro lado de la barra de la cocina, esperando un café. Vestido como para ir a la bolsa, mientras él solo llevaba unos pantalones con los bajos embarrados debido a la lluvia de la noche anterior.
Y Draco, ahora a salvo de su mirada, le devoraba con la suya. Si hubiera sido más paciente, menos dramático, menos orgulloso… ese hermoso cuerpo seguiría siendo suyo. Y lo más importante era que también lo seguiría siendo su corazón.
La cafetera por fin terminó y Harry sirvió un café para cada uno. Mientras bebía, repasó concienzudamente a Draco, logrando ponerle más nervioso de lo que ya estaba.
—Apenas se te nota —concluyó finalmente.
Solo podía ver su rostro, el cuello hasta donde llegaba la camisa, y sus manos. Pero apenas llamaba la atención una línea más rosácea sobre la pálida piel de la vena yugular en el cuello. Draco enrojeció un poco, incómodo. Harry le sostuvo la mirada demasiado tiempo, demasiado cerca.
—Severus mejoró el ungüento con el que me untaba cada noche… Ahora, también lo utilizan en San Mungo.
—Pues espero que lo haya patentado —comentó Harry, aferrándose a una conversación trivial.
—Sí, creo que lo ha hecho —afirmó Draco. Se permitió sonreír un poco—. Dijo que era para su jubilación.
Harry no le dijo que ya lo sabía. Severus y él mantenían una correspondencia, no regular, pero se escribían de vez en cuando. Y el director de Hogwarts le había mantenido al tanto de los progresos de Draco, a pesar de que él nunca preguntaba.
—¿Vas a quedarte muchos días? —quiso saber.
—Depende… Tengo que volver con una respuesta para Shacklebolt.
Pero esos ojos grises decían otra cosa. Y Harry no había perdido la habilidad de leerlos.
—Tengo que pensarlo —respondió—. Me gusta trabajar aquí —cosa que no era del todo cierta—. Y ya me he hecho al modo de vida americano —otra verdad a medias.
—Entiendo…
Draco miró a su alrededor para apartar la mirada de la que le quemaba. No comprendía como alguien podía vivir en un sitio tan frío, tan impersonal. Los muebles eran feos, parecían hechos… ¿cuál era la palabra? ¿En serie? Lo cual significaba que no eran exclusivos. Y había muy pocos, por lo que esa especie de casa parecía todavía más vacía. Pero lo peor era el vacío en los ojos de Harry cuando le miraba.
—¿Habías estado antes en Nueva York? —preguntó Harry.
Draco regresó de sus pensamientos y devolvió su atención al auror.
—No, es la primera vez.
—¿Quieres que salgamos y te enseño un poco la ciudad? Bueno, algo de Manhattan —aclaró—. Necesitarías bastantes días para recorrerla toda. Y supongo que no los tienes.
La expresión de Harry decía que esperaba que Draco confirmara la brevedad de su visita. Peor aún, que la deseaba.
—En realidad, no reservé el traslador intercontinental de vuelta, porque no estaba seguro de cuándo regresaría —respondió Draco, haciendo acopio de entereza.
Harry guardó silencio. Solo fueron unos segundos, pero a Draco se le hicieron eternos.
—De acuerdo, deja que me dé una ducha primero.
Harry desapareció por una puerta que se abría junto a la cocina. Al poco, Draco oyó el agua de la ducha correr. Y se imaginó compartiendo esa ducha con Harry. Sí, ahora podía volver a imaginarlo.